
Tiene mi contrincante acérrimo
un nombre un tanto atípico,
ni Pedro, ni Juan, ni Antonio...
Ni cuerpo de hombre-chulazo
ni sexual es su voraz apetito.
Su habla estridente, voz de pito,
inoportuna de esas que
"ni está ni se la espera",
me incordia a la hora de la cena
solicitando parada, fonda y cobijo.
Redoble de letras
a golpe de tecla,
banda sonora de mi indigestión,
luz de gas sin plomos fundidos,
alta tecnología de mis...
de mi desesperación.
"Amorcito, no estás con los tiempos",
me dice mi costilla, eso sí,
sin alzar mucho la voz,
por lo que, bajando el telón,
recojo la mesa, friego
los cacharros y marcho,
solo, a la habitación.
Al rato muy largo, casi ratón,
móvil en mano hace su aparición,
con ojos brillantes y luz en los labios
ante mi rostro enjuto y mohíno,
con ese menú desplegable en
pantalla táctil que tienen las
caras de pocos amigos.
"Amorcito - le digo en plan coña -
a los ceros a la izquierda se les
trata con más cariño".
Suspira ella, sin hacerse la ofendida,
mientras arrojo con furia dimes
y diretes sobre el volumen de
sus sms masivos a la luz de la luna.
Que el tú a tú se ha perdido,
que las confidencias ya no son al oído,
y que el compañero de mesa, el novio
o incluso el follamigo, ahora lleva el
nombre de un jefe indio más
allá de las verdes praderas.
"Guasá" - lo españolizo -
en este compendio de versos como
guiño y homenaje al cretino que se
me lleva los mejores minutos de
mi vida amorosa en pareja.
Y no es una queja.
Es que, las coplas de ahora,
ya no son bajo mi ventana,
sino al son del ring ring incordiante
en el teléfono móvil de la
otra parte contratante en esta
historia que no es disparatada,
al contrario. Es que, en sí misma,
es un absoluto disparate.
Amén.
(c) Isidro R. Ayestarán, 2012