EL CABARET DEL VERSO
ISIDRO R. AYESTARÁN

(c) 2008 - 2020

Abandonado en la puerta de un camerino en un destartalado cabaret, fue educado por siete cómicos de la legua en las más variadas artes escénicas entre libretos teatrales, plumas de vedette, pelucas, tacones de aguja, luces de neón, cuplés, coplas, boleros, marionetas, carromatos, asfalto y un sinfín de desventuras que acabaron por convertirlo en un pseudo-escritor de relatos y poemas que recita por escenarios de más que dudosa reputación junto a los espíritus de Marlene Dietrich, Bette Davis y Sara Montiel, quienes lo acompañan desde niño en sus constantes viajes a ninguna parte.

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita del titular del "Copyright", bajo las sanciones establecidas en la Ley de Propiedad Intelectual, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático.
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LA FEMME DE LA NUIT

Fragmento del recital ofrecido el pasado viernes 23 de octubre en la librería MÁS QUE LIBROS de Santander con motivo de la presentación en la capital cántabra del poemario DE CUANDO QUISE ACARICIAR EL CIELO CON MIS PROPIAS MANOS.
"La femme de la nuit" es un poema dedicado a una vieja prostituta de la esquina de San Bernardo en Madrid, ya fallecida, quien se mantuvo cada noche en su esquina como un adorno más, a la espera de una compañía sincera o tan sólo una muestra de cariño o atención.
Va por ella.



Se maquillaba primorosamente
cada noche para acudir a su trabajo
en la esquina de San Bernardo,
vistiendo sonrisa de porcelana
con tacón de aguja a juego
y ese eco en la mirada que le devolvía
el recuerdo de mil historias pasadas,
de un amanecer amable entre
sábanas de hilo y café recién hecho;
pero ya hace quince años que se cumplieron
otros quince de aquel amanecer en su memoria,
y cada combate de ahora es una apuesta
al beso más certero.

Un ratito agradable pregonaba
desde el artificio de la cosmética,
sin abrigo de pieles ni bolso de firma,
sin el descaro lozano del acento extranjero
sino del castizo te quiero de toda la vida
a cambio de un puñado de buenos sentimientos.

Una gran dama flanqueada por
Lolitas con saque de corner
por encima de la rodilla
y sin temor al fuera de juego,
en pleno duelo de desencuentros
donde el trofeo es un vuelva otro día,
caballero, jóvenes señoritas de compañía
venidas a menos más allá de su vestido
tubo de cuero y cinturón ancho en plan
eufemismo del “tú tenías veinte años y yo…
ya ni me acuerdo”.

Todo pura mentira en un bolero
teñido de rubio imposible, con
acordes a color carmín de todo a cien
pero al ritmo lacerante de mil
noches sin dormir… ni tan siquiera
acompañada desde hace más de dos décadas.

Mirada baja sobre el asfalto,
procesión sin redobles
donde la saeta es un continuo orgasmo
ahogado tras ventanales de persianas rotas,
sempiterno cigarrillo en la comisura
de los labios sobre una boquilla que viste
andrajos mal cimentados,
vieja dama al compás de un piano
demoledor en un café bar que tuvo
tiempos mejores, pero donde aún ponen
trono y palio a su particular Virgen de los
Dolores, esa vieja dama que no se rinde,
sentada junto al pianista a quien nadie dispara,
regalando banda sonora a los acomodados
en su barra de bar que cuentan viejas historias
sobre la eterna verdad destilada en lo
profundo de su mirada.

Como un cuadro de Hopper,
como un acorde de blues,
como un paso de tango mal dado
en el latido de su corazón…

La música cesa y el silencio se instala
en ese par de segundos que parecen
querer aglutinar toda una vida.

Y más allá de su propia noche,
se instala, definitiva, la de la gran ciudad
de los plomos fundidos, donde todo
queda a media luz por el ahorro
en tiempos de crisis desde un bando municipal
que no conoce de rebajas…

Y el piano llora a lo lejos mientras
recorre el sendero hacia su habitación
alquilada, con paredes empapeladas
por nudos en la garganta y lágrimas gris
marengo, donde ya hace tiempo
que en su calendario no se anota
“hoy toca encontrar a mi héroe”,
el superhombre capaz de ser confidente
a lo largo de la autopista de asfalto que
no lleva ya hacia ninguna parte…

Vieja dama que se prende otro cigarrillo,
allí sentada, en un sofá destartalado
en mitad de su nada,
ante una ventana que hace tiempo
que no da al lugar donde se asoma
el sol cada mañana.

(c) ISIDRO R. AYESTARÁN

MUÑECAS DE CRISTAL - "Arrabal"


Segundo número de la noche, "Arrabal", el monólogo sobre un hombre rudo que acaba de pasar la noche con una prostituta arrabalera, al ritmo de "Noria", de Mu-online.

Ahora, mientras la luz del amanecer se filtra a través de la persiana de nuestra habitación, y tras haberte vestido, respiras el aroma de las caricias y los besos que te di horas antes. Y asientes tristemente con la mirada. Todos olemos igual, piensas. Todos llevamos el mismo aroma de fracaso impregnado en nuestra piel.


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ARRABAL


No quieres despertarme. En silencio, vas recogiendo tus cosas, te vas vistiendo lentamente, como queriendo dar a entender que no tienes prisa por volver a una vida que te ha desfigurado por completo. Una vida, mala vida de arrabal, a la que llegaste muy joven tras haberte saltado la infancia que toda niña debe tener.
Yo sigo dormido al otro lado de la cama. En realidad, me dormí enseguida, tras haber vertido sobre tu cuerpo abandonado la esencia y el ímpetu de una vida dedicada al trabajo duro, también desde muy joven.
Creo recordar que me dijiste que tenías tres hijos, a los que cuidaba su abuela mientras tú te decicabas a ganar algún dinero para llevar al hogar, que el padre de esas criaturas murió en la cárcel, donde fue a parar tras haberse dedicado no solamente a machacarte, sino también a traficar con estupefacientes, llevándose consigo al mayor de tus hijos. Sí, me lo contaste todo mientras viajábamos fundidos en un mismo cuerpo lejos de la habitación del hotelucho al que me has traído esta noche.
Yo apenas te conté mi vida. Tampoco da para mucho, la verdad. Y tampoco llegamos a decirnos nuestros nombres, aunque éso ya es lo de menos. Con sólo mirarnos a los ojos, sabíamos que la fragilidad de nuestras miradas volverían a coincidir en algún que otro encuentro furtivo. Otro de tantos...
Ahora, mientras la luz del amanecer se filtra a través de la persiana de nuestra habitación, y tras haberte vestido, respiras el aroma de las caricias y los besos que te di horas antes. Y asientes tristemente con la mirada. Todos olemos igual, piensas. Todos llevamos el mismo aroma de fracaso impregnado en nuestra piel. Te levantas de la cama, me tapas con una sábana para cubrir mi cuerpo desnudo, y tras una última mirada, recoges el dinero que te dejé sobre la mesita de noche, lo guardas celosamente en tu bolsa de aseo, y sales de la habitación sin hacer ruido. Con esa misma intensidad con que las que son como tú caminan por la mala vida.
Su mala vida...
Su triste vida de arrabal.

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2007

Uno de los textos que abren MUÑECAS DE CRISTAL, mi nuevo espectáculo que escenificaré el día 12 de mayo en el Colilla Queens.

LAS PUTAS TAMBIEN BAILAN RITMOS LENTOS


Mañana recién inaugurada en la calle Montera,
un cafelito con porras para calmar el trasiego
corporal de la noche pasada, un par de medias nuevas
para vestir esas dos piernas cansadas de tanto estar de pie.

Frente a los viejos cines, estatuas humanas que aguardan
en silencio el insulto de las vecinas, las miradas de los turistas,
los guiños cómplices de los policías que vigilan el decoro
del asfalto madrileño antes de llegar a la Puerta del Sol.

Una abuela que lleva a su nieto a la escuela, pasando
por una de las esquinas para visitar a la madre que trabaja
de luz a luz para llevar un sueldo a casa, un “buenos días,
cielo, haz caso a lo que diga la tata, mi amor
”.

Un par de besos que no cuestan dinero, que no son
negociables a cambio de la bajada de sostén que desvelen
dos tetas de poco más de veinte años, con acento
a una Europa oriental cada día más cercana.

Irina, Bianca, Narcia, Dana… morenas, rubias, altas, bajas,
jóvenes casi niñas, ninfas con cara de hada y
cuerpo de ángel caído en desgracia en mitad
del parque El Retiro, mil veces inmortalizado.

Y silencio en todas ellas, común denominador en semblantes
que desvelan que se acuerdan del baile de la comba,
de los juegos en el patio de su ciudad ruinosa por la guerra
y la pericia estúpida y analfabeta de su gobierno.

Putas que bailan ritmos lentos, baladas con sus cuerpos,
un susurro desde lo profundo de sus adentros,
una mirada que desarma al más pintado, al más ruin
de los soldados rasos del negocio del amor.

Y esos ojos que ven a su niño camino de la escuela,
y el juego de pavo real con su bolso de piel sintética,
y el sonido de unos tacones desiertos de alma
que la llevarán, tras un duro día de trabajo,

a amanecer en una habitación de la pensión
Desengaño en Cueros” de la señora Patrocinio,
por poco dinero, más bien escaso placer…
y un nudo en el corazón del deseo y el sentimiento.

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008