"Antes de expirar el último aliento de fuerza"
EL CABARET DEL VERSO
ISIDRO R. AYESTARÁN
(c) 2008 - 2020
ISIDRO R. AYESTARÁN
(c) 2008 - 2020
Abandonado en la puerta de un camerino en un destartalado cabaret, fue educado por siete cómicos de la legua en las más variadas artes escénicas entre libretos teatrales, plumas de vedette, pelucas, tacones de aguja, luces de neón, cuplés, coplas, boleros, marionetas, carromatos, asfalto y un sinfín de desventuras que acabaron por convertirlo en un pseudo-escritor de relatos y poemas que recita por escenarios de más que dudosa reputación junto a los espíritus de Marlene Dietrich, Bette Davis y Sara Montiel, quienes lo acompañan desde niño en sus constantes viajes a ninguna parte.
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"Antes de expirar el último aliento de fuerza"
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COMO LÁGRIMAS EN LA LLUVIA (poema para la Acción Poética por las Personas Refugiadas - Santander)
COMO LÁGRIMAS EN LA
LLUVIA
He visto océanos teñidos de amargura,
de espuma blanca golpeándoles en la vida,
de rabia que grita cual relámpago
previo a la tormenta.
He visto buitres con alas
blandiendo coreografías de estado,
himnos sinfónicos que hablaban
de los ninguneados,
siluetas huérfanas
de sombra y de alma,
banderas ondeando en el hipocentro
de mil tornados.
He visto, con agua en la mirada,
a niños fundiéndose
en el centro de una pancarta,
deshilachada por falta de una mano tendida,
como se abandona a su suerte un galgo tras una cacería,
como se confunde la lágrima en la lluvia
antes de expirar el último aliento de fuerza.
(c) Isidro R. Ayestarán, MMXVI
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relato BOLEROS DE CONVENTO
BOLEROS
DE CONVENTO
©
Isidro R. Ayestarán - MMXVI
Uno
se despide, insensiblemente,
de
pequeñas cosas, lo mismo que un árbol
que
en tiempos de otoño se queda sin hojas…
La guitarra inicia su llanto con un acorde desgarrador al
tiempo que la voz rota asoma, como despunta el día un lunes de lluvia, trémula
e inquieta, acentuando aún más la soledad y tristeza de la casi desnuda
habitación, haciendo juego con esa sensación de despedida que se logra en los
tiempos previos a una mudanza. Las cajas de cartón apiladas por los rincones,
repletas de libros y papeles, son ahora el resumen de todo lo que se vivió en
los cuatro puntos cardinales de la estancia; las paredes, mudas de color y
sensaciones, quedan resaltadas por el cerco que evidencia un tiempo lejano
donde colgaban fotografías e ilustraciones sacras; los recuerdos, sin papeleta
de embargo, sin opción a despedida, continúan en pie, en forma de vivencia, de
anécdota, de sentimiento, en un constante vuelo por toda la atmósfera del
lugar, flotando al son de la brisa de una memoria que no se permite sacar
billete tan sólo de ida, retornando a lo más hondo del corazón de Sor Águeda,
estática ante la ventana del despacho, con la mirada perdida en algún lugar de
la letra del bolero que suena en el viejo tocadiscos que, como ella, aún se
resiste a abandonar su sitio de costumbre, bajo un crucifijo de madera vestido
tan sólo por un rosario de cuentas negras y junto a un desvencijado almanaque
con la imagen de una cupletista de los años treinta donde se resalta, en la única
página que queda ya con vida, como una gran losa de mármol, el número veinte
rodeado por un enorme círculo negro, haciendo juego con el color del hábito de
la anciana monja y con ese constante nudo en la garganta que se ha apoderado de
ella desde que se iniciara el tema musical.
Y lastimeramente, como el quejido de la voz de la
cantante, sin soñar con el regreso, constatando que hasta a las más simples
cosas se las lleva el viento, una lágrima aparece en el semblante de Sor Águeda
a juego con cualquier flor seca y marchita de un previo otoño, como si formara
parte de la banda sonora de inquietud y melancolía que se escucha en el
semblante de los que aguardan, en el exterior del convento, con sepulcral
silencio que grita a viva voz las aristas de la incertidumbre, y en fila de a
uno, a que las puertas del Monasterio de las Hermanas Humilladas a los Pies del Señor de los Clavos abran por
última vez sus brazos amigos de solidaridad y plato de comida diario.
Un telón administrativo férreo y sólido está a punto de
caer sobre todos ellos, sin opción a un saludo de corazón al público, unas
palabras de agradecimiento a quien hizo posible el desarrollo de la función o la
entrega de un gran ramo de rosas a la primera figura del cartel. Cerrojazo a
modo de campana que suena a réquiem junto a un tímido y constante guiño de
asentimiento en el rostro de las monjitas, pero también con la seguridad
inexorable del nudo en la garganta como previo anuncio a una incógnita que no
se despejará tras la hora de la digestión. Todos ellos, allí presentes, ante el
cuasi derruido muro principal del convento, vestidos con el abrigo de la
miseria y el insulto de unos dirigentes ineptos, se miran, cómplices, en ese su
último cortejo procesional para recibir las viandas que tan generosamente les
han aportado en los últimos tiempos las monjitas de la Orden de las Humilladas, doblegadas ante Dios, ante
quien precisa de su ayuda y auxilio, nunca ante el escalafón más alto de la
vergüenza y la soberbia. Y como el Galileo que venció la mirada tras el último
suspiro, después de haber alzado sus ojos estériles a lo más alto de la
angustia, se dirigen con paso lento hacia el portón principal, abierto como
muestra de acogida, de abrazo perpetuo, de sonrisa amiga, de seguro aliento
para proseguir con el errante vagar a través de una vida gris que, en algún
momento del viaje, perdió su zapato de cristal sin resolución de regreso.
Sor Águeda no puede contemplar la escena desde la celosía
oxidada de su despacho, incapaz, pese a su envergadura física, de sostener
tanta fragilidad humana, demasiada mirada silenciosa, todas aquellas
conversaciones diarias con unos y otros que le indicaban la certeza, desde
hacía tiempo, de estar presente en el momento preciso para proporcionar la
ayuda que aquellos ojos cristalinos reclamaban de manera callada. Y mientras
los boleros trágicos y desoladores se suceden en el tocadiscos, pasea su apagada
mirada por todos y cada uno de los que se agolpan bajo su ventana. Como Vega,
la joven veinteañera a la que han despedido de su trabajo como cajera de un
supermercado por ausentarse tres días seguidos para poder asistir a su enferma
progenitora en los últimos momentos de su vida, y a la que no se le ha dado
opción a continuar en la vivienda familiar, cuasi derruida, sustentada en un
tiempo lejano por los brazos y energías de un padre que acabó consumido por
largas jornadas laborales que lo dejaban sin aliento ni fuerzas para un beso
fortalecedor de buenas noches a los suyos, edificada en el punto de mira de una
gran compañía inmobiliaria para poder satisfacer la gran demanda de adosados en
la periferia de la ciudad, por lo que sin techo y apenas sueldo, mísero y
escaso incluso antes de que acabara el mes, se ve sola y viviendo de la caridad
de las Hermanas de la Orden; o Micaela “la
Barragana”, vieja prostituta del barrio chino, siempre ataviada con un abrigo
de pieles raídas y largo vestido de dudosa tela roja que tuvo épocas más lucidas,
tocada con gafas gruesas de pasta y cristales enormes que nunca le
proporcionaron un ángulo de visión certero a lo largo y ancho del mapa de la
vida, y que a duras penas se mantiene a flote en un mundo de dura competencia
desde que nuevas y juveniles damas, venidas de la Europa del Este, se doblegan
mejor y a un ritmo más contundente ante determinadas peticiones en los asientos
traseros de los coches que visitan las cercanías del puerto marítimo o los
cuartos ruinosos en los desvencijados portales del arrabal de la ciudad; o
Antonino, que siempre estuvo presto y voluntarioso en labores de acogida y
ayuda al más necesitado, participando siempre en reivindicativas
manifestaciones por los derechos de los que ya no poseían nada, ni una patria
que añorar en la distancia ni una tierra que pisar y sentir como suya, o una
hermandad entre iguales en un mundo que se jacta de individualismos y que tan
sólo ha logrado, gracias a los avances de la ciencia y las altas tecnologías,
aislarse de quien tiene más cerca, como le pasó a él, que ni los más próximos
estuvieron a la altura de tanta bajeza moral que acabó por convertirse en su
segunda piel, haciendo de la decepción y el nudo en la garganta sus señas de
identidad y que, a cambio de labores de mantenimiento dentro del convento,
recibía su plato diario; y también aguardaba en la fila el vagabundo y antiguo
rapsoda al que todos conocían como “el Diosgenes”, filósofo poeta, hundido en
su exigua armadura física, harapiento y ruinoso, forjado en recitales de una
poesía maldita en librerías vacías de un público que jamás tuvo ni puso interés
en la persona y el poeta, y donde la sabiduría que transmite en su mirada hace
juego con un sinfín de vivencias y desventuras en toda la geografía de su
poblada barba cana, allí en la que el verso potente de su caballería literaria
galopa desde lo profundo de una voz grave, martilleada por años y excesos.
Y más, muchos más guardando respetuoso silencio,
incapaces de mirarse a los ojos para no verse reflejados, recíprocamente, en el
espejo de la verdad del otro, para no reconocerse en sus respectivas miserias,
esa enorme torre de Babel de vivencias dispares que, sin embargo, tienen en
común el mismo dialecto de la desolación y la derrota, el mismo aroma de
fracaso impregnado en su propia piel, lacerada por lágrimas de color noche,
enmudecidas por una atmósfera de silencio para no perturbar, como en el caso de
la decrépita abuela Teresa, la viva mirada de unos nietos que no conocerán
jamás esa “hora de la merienda” tan vigente en otros tiempos lejanos, los
juegos con los amigos del barrio en el descampado del final de la calle o el
vestirse de domingo para pasear por la plaza mayor. Y como estatuas silentes,
con paso lento en ese su último día allí postrados, recogen las bolsas de
plástico que, con una mirada fiel y cómplice, les entregan con una sonrisa
apagada las monjas de la Orden de las Humilladas.
No, Sor Águeda no se siente con las fuerzas necesarias
para ir a recibirles por última vez, charlar con ellos y preguntarles por sus
constantes desventuras como hacía siempre al tiempo que, junto a la bolsa de
alimentos, entregaba bajo mano a los más desfavorecidos un sobre con una
pequeña limosna que salía de sus propios ahorros, una ayuda monetaria al margen
de directivos y dignatarios de la propia Orden cuyo hábito ella viste desde
jovencita. Y así, mientras el viejo vinilo da por finalizado su periplo a lo
largo de una serie de míticas canciones que hablan de recuerdos, soledad y
sentimientos opuestos, empaña la mirada de la misma manera que la humillan los
que integran el cortejo en el exterior para retornar a sus quehaceres,
sintiéndose un poco traidora a todos ellos en ese día de último saludo sobre el
escenario.
El certificado oficial sellado en el propio Registro
Municipal se encuentra sobre una de las cajas apiladas en uno de los rincones,
junto al tocadiscos, en el mismo sobre donde también se aloja la carta
manuscrita de la Superiora de la Orden, destacándose de entre un sinfín de documentos
y libros que ha ido recogiendo para seleccionar y enviar a distintas
dependencias monacales, archivados todos ellos con el mimo y esmero de siempre,
con el cuidado con que se ha caracterizado desde que llegó al convento para
ocupar el cargo de Abadesa Provincial muchos años atrás, pero aquel pedazo de
papel con el membrete del ayuntamiento es el que ha desplomado todos los muros
de carga emocional que Sor Águeda pudiera sostener. Por encima de la
exhortación de sus superiores, del acatamiento del voto de obediencia, de todo lo que significaba el respeto a su
hábito, aquella firma manuscrita al pie de tanta palabrería burocrática es la
que ha conseguido apagarle la mirada y hacer temblar, en lo más recóndito de su
cuerpo, los cimientos de los que siempre había hecho gala para trasladar al
resto de miembros de la Orden su fortaleza y tesón ante cualquier eventualidad
que pudiera surgir.
En ese momento, un enorme estruendo que retumba en el
claustro del convento, seguido de un gran redoble de palabras malsonantes, la
saca de sus pensamientos, por lo que Sor Águeda, como Cruz de Guía
procesionaria, abre el cortejo de monjas a la carrera hacia el mismo hipocentro del desastre, donde, entre el desparrame de objetos litúrgicos, variedad
de ornatos eclesiásticos y misales y breviarios devocionarios, se levanta,
sobre una peana de desolación por lo ocurrido, un hombre de raza negra ataviado
con mono de trabajo y cigarrillo en la comisura de sus profusos labios.
—¡Por el amor de Dios, señor Hakeem! —le ruge Sor Águeda
por encima de murmullos y cotilleos varios del resto de la congregación— ¡A
este paso no van a llegar sanos ni los clavos del propio Cristo, Nuestro Señor!
—Lo siento mucho, señora —le da la réplica el interpelado
con una mezcla de acentos que más parecen disparos erróneos en un pimpampum de
feria que parte de una conversación—. Por adelantar y ganar tiempo me dispuse
con cuatro cajas a la vez y se me tambalearon todas ellas.
Sor Águeda, más por desesperación que por la pérdida
ocasionada, suspira teatralmente al tiempo que echa un vistazo a uno de los
pequeños libros de oración que yace, deslomado y revuelto, sobre el piso del
claustro.
—Pero usted no se me preocupe, señora, que lo recogemos
todo en un santiamén. Se lo aseguro. Palabra de Hakeem — continúa excusándose
el operario, de manera torpe y acelerada.
De una tanda de palmadas, Sor Águeda envía al resto de
monjas que la rodeaban a sus quehaceres, urgentes y precisos en ese día de
recogida y limpieza, orden sonora que acatan diligentes al tiempo que Hakeem,
cumplidor de su palabra, hace lo propio, empleando tan sólo unos segundos en
deshacer el entuerto del estropicio. Todo, menos el pequeño libro que ya se
encuentra en poder de Sor Águeda, quien, con semblante de añoranza, como si
aquel diminuto ejemplar la hubiera transportado a unos años pretéritos que ella
recordaba con una sonrisa, vuelve a su despacho, cierra la puerta tras de sí y
se apoya en ella de manera contundente, como si la memoria le hubiera caído
como una losa y aquella sonrisa inicial de evocación y recuerdo hubiese
derivado en un halo de tristeza por el tiempo transcurrido. Tras unos segundos,
se lleva una mano a los labios, como si quisiera mitigar un grito desgarrador, y
vuelve la mirada al libro, a su lomo destartalado, a las páginas amarillentas y
sucias de humedad al tiempo que vierte unas lágrimas mientras comienza a pasar páginas
hasta llegar a una en concreto donde aparece, entre ilustraciones descoloridas
y letras impresas con el estilo de antaño, una pequeña y conocida oración para
niños: “Vela, oh, Señor, a aquellos que
están despiertos, o vigilan o lloran esta noche, y manda a tus ángeles y santos
que protejan a los que duermen”.
En el bosquejo que aparece bajo la oración, con colores
apagados y mortecinos, como si el tránsito de la infancia a la edad adulta no
hubiera aportado más que penumbra lóbrega al trazo del dibujante, un querubín
barroco aparece junto a un niño que duerme plácidamente.
Pero no es el contenido de la oración ni la propia
ilustración lo que apena con aroma de nostalgia a Sor Águeda. Con la palma de
una de sus manos, desciende lentamente de las letras de la plegaria y el rostro
del ángel hasta una dedicatoria manuscrita escrita con una frágil tinta azul
que evidencia los años transcurridos, una frase que manosea como si estuviera
en relieve, como si quisiera taladrar en su mirada cada minucioso detalle que
se desprendiera de ella. Y al tiempo que la relee una y otra vez, sus lágrimas
van apareciendo sin freno alguno: “A mi
tía Águeda, porque esta oración formó parte de mi niñez, velando ella misma mi
sueño y mi vida a lo largo del camino que emprendí desde mi nacimiento. Gracias
por convertirme en persona con tus palabras y tu compañía. “No olvides nunca
que uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida. Te quiere,
Manuel”.
Sor Águeda alza de nuevo la mirada, abrazada a ese
pequeño libro de oraciones que parece querer fundir en su propio hábito, como
si así estuviera meciendo en una nana previa al sueño a ese pequeño Manuel que
firmó la dedicatoria,
Una voz a sus espaldas –en el momento justo en que ella
vuelve a la ventana de su despacho para contemplar el exterior, donde los
convidados a la particular Última Cena en el convento van desperdigándose a la
deriva, sin rumbo ni meta, por las distintas calles que desembocan en la plaza
del monasterio– la despoja a bocajarro de unos recuerdos que parecieron haberla
llevado a un punto concreto de su existencia, muchos años atrás.
—Hemos terminado, Sor Águeda —dice una de las monjas—. Ya
se han repartido todas las bolsas de comida y tan sólo quedan por recoger unos
pequeños bártulos en las cocinas.
Ante el silencio de la anciana, la joven monja continúa
con su perorata. Que si Hakeem y su grupo ya han vaciado de bultos e imágenes
todo el claustro, que si aquella última jornada de mudanza ya tocaba a su fin,
que si se podía acceder al despacho para recoger las cajas que aún se apilaban
junto a ella, que si…
—Dele la vuelta al disco, Hermana —ordena Sor Águeda sin
volverse desde la ventana—, y que se lleven las cajas, sí. Pero el tocadiscos
se queda.
“Ne me quitte pas”,
por boca de Maysa Matarazzo, irrumpe en la estancia a petición de la
Provincial, ante la obediencia de la joven monja y el asombro del operario de
la mudanza, quien ante el gesto de silencio que le impone la joven de hábito, recoge
las últimas cajas de documentos y legajos que yacen en uno de los rincones,
bajo el almanaque de la cupletista de los años treinta.
Sin alejar su apenado semblante de la ventana, Sor Águeda
contempla cómo un coche negro llega a la plaza, apeándose del mismo una mujer
alta, elegantemente vestida y ataviada con gafas oscuras quien, nada más pisar
tierra, eleva su mirada hacia la celosía del despacho, como si conociera de
memoria el destino de su primer vistazo.
Ambas se miran directamente desde la lejanía física, y con
lágrimas en los ojos, Sor Águeda se vuelve sin liberarse del pequeño libro de
oraciones y se encamina por las dependencias del monasterio con la única
compañía de sus recuerdos y el significado contundente del bolero que, como si
se tratara del estruendo previo a la tormenta, parece querer filtrarse por
todos y cada uno de los muros de piedra. «No
me dejes, no te vayas, porque yo seré capaz hasta de ofrecerte perlas de lluvia
extraídas del país donde nunca llueve…», va recitando Sor Águeda a modo de
letanía hasta llegar a la puerta principal del convento, donde, como escultura
inamovible, la mujer que descendió del coche se retira las gafas oscuras para
mirarla de igual a igual. «No me dejes,
no te vayas, porque soy capaz de inventarme el más absurdo de los idiomas con
tal de que tú lo comprendas, que te necesito, como el viejo y apagado volcán
necesita la luz del fuego para sentirse vivo de nuevo…»
Un silencio que las devora marca el primer contacto entre
ellas, unas palabras enmudecidas que no logran estallar en verborrea como
antaño, tal y como se significa de lo profundo de sus miradas, como cuando
disfrutaban de aquellos tiempos felices y se besaban profusamente con el sabor
de la familia y el calor del hogar.
Sor Águeda se acerca, decidida, para retirar una lágrima
que cae por el rostro de la mujer al tiempo que le ofrece el pequeño libro de
oraciones.
—No olvides nunca
que uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida —recita de
memoria la mujer sin desviar sus ojos de los de Sor Águeda, trayendo a ese
presente la lejana cita manuscrita que la anciana había rescatado del olvido en
el pequeño devocionario, como si así, ambas supieran cuál debía ser el inicio
de la conversación entre ellas dos.
—Te quiere, Manuel
—apostilla el final de la cita Sor Águeda.
La mujer cristaliza sus ojos al escuchar aquel nombre en
boca de la anciana monja, y como si una fuerza externa se apoderara de su
interior más íntimo en forma de pinchazo de dolor emocional, queda convertida
en un ovillo humano a los pies de Sor Águeda, humedeciendo su modesto calzado y
besando los faldones del hábito.
—No pude evitarlo —solloza—. Lo único que puedo hacer es
lo que estás viendo ahora mismo, tía. Pedirte perdón.
Sor Águeda la mira con pena. Sabe que debería agacharse
para abrazarla y conseguir fundirse en un solo cuerpo, pero no se atreve a
hacerlo, por lo que se limita, con manos temblorosas, a acariciarle la melena
rizada que le cae hasta más allá de los hombros. Y así, al ritmo de un bolero
autodestructivo para ambas, la contempla desde su posición elevada mientras su
memoria viaja a muchos años atrás, a aquellos tiempos en que la plaza del
monasterio era un hervidero de felicidad, con niños jugando a la pelota o montando
en bicicleta mientras sus madres se encontraban sentadas alrededor de sus
calcetas o sus tertulias, y no como se encuentra en la actualidad, con mendigos
en las esquinas, vagabundos maltrechos sentados sobre cartones o jóvenes sin
brújula de vida que poder consultar en caso de deriva; Y de entre toda esa
amalgama de imágenes y recuerdos, ella destaca a un niño rubio que siempre se
encontraba jugando con una sonrisa de oreja a oreja junto a otros niños de los alrededores.
Él era su favorito de entre todos. Un niño alegre, vivaracho, ajeno a la locura
adulta de los tiempos de ahora; un crío que, de vez en cuando, alzaba la mirada
para saludarla con la mano. A ella, a su tía monja que vivía y trabajaba en el
convento que se erigía triunfante en el centro de la plaza. Sor Águeda recuerda
todo aquello con la certeza de haber sido testigo privilegiado de todos y cada
uno de los momentos cruciales en la vida del pequeño Manuel, desde la infancia
a la adolescencia, allí ya como experimentador de nuevas y peligrosas formas de
expresión más vitales, peligrosas, alarmantes. Sí, ella siempre estuvo ahí, en
cada parcela de su mundo, viéndole crecer, surcar mares de asfalto a la búsqueda
de nuevos sabores que la vida le brindaba mientras descubría de manera furtiva
los placeres nocturnos a media luz, analizaba su propia sexualidad, estudiaba
su cuerpo de manera diferente ante el espejo, donde su rostro y su propia
físico mutaban con las primeras hormonas, los trasplantes, las operaciones, la
clandestinidad de un hombre con carnet de varón pero anatomía femenina, las
palizas en los callejones donde desembocaban las puertas traseras de los clubes
de alterne, las redadas policiales, la aplicación en sus propios huesos de
absurdas leyes para vagos y maleantes hasta convertirlo en mero resto de un
naufragio hasta casi despojarlo de su nueva identidad. Pero ella siempre a su
lado, proporcionando el impulso necesario para continuar en pie a través de
callejones sin salida hasta lograr la meta propuesta para restablecer la
dignidad del Manuel que tanto adoraba desde niño, hasta conseguir la pérdida
definitiva del miedo, la valentía en nuevos tiempos de libertad, la
autoafirmación de quien se siente mujer por encima de todo y de todos, y una
cimentación sólida en la carrera política reivindicando derechos que, antaño,
fueron vedados a los que como él, como ella, tuvieron que camuflarse en un
mundo de sombras para poder mantenerse a flote en una barbarie de mundo que
siempre miró con recelo y prejuicio.
Sor Águeda vuelve a su presente con lágrimas en los ojos,
e insta a su sobrina Manuela a que se levante, que alce la mirada a la altura
de la verdad y de las cosas que se hacen con el corazón.
—No pude impedirlo —insiste sollozando— No pude hacer
nada para que la oposición se olvidara del asunto. Tenían ganas de meter mano
al monasterio, tía. Muchas. Desde hace tiempo…
Sor Águeda niega con la cabeza al tiempo que lanza un
susurro.
—No es a mí a quien hay que dar explicaciones, Manuela.
Ni a mí ni al resto de Hermanas de la Orden —le dice mientras continúa
retirándole lágrimas del rostro—. Yo cumplo con mi voto de obediencia, y por
eso hoy sigo aquí, trabajando hasta el final, proporcionando alimento y aliento
a quien lo necesita, a todos esos que forman parte del mismo mundo que tú y que
yo, y que por unas razones u otras, ahora parece que pertenecen a un mundo
completamente ajeno que me niego a reconocer como propio. Toda esa gente que
vive ahogada en charcos de soledad, sin un horizonte claro en su vida porque lo
han perdido todo, Manuela, y que se tragan su orgullo a diario para mendigar un
trozo de pan que llevarse a la boca. Toda esa gente a la que habéis soltado de
la mano, sobrina, y que hasta ahora buscaba cobijo bajo estos muros que vais a
derrumbar para construir algo que case mejor con los intereses de unos
políticos que solo se miran el ombligo nada más amanece un nuevo día… Por todo
eso, sigo hasta el final, ayudando a quien precisa de consuelo y auxilio… Como
hice contigo cuando todo el mundo te daba la espalda porque no entendían tu
visión de las cosas. ¿O es que se te ha olvidado todo desde la butaca que
ocupas?
Manuela la mira a los ojos evocando un pasado tortuoso,
reconociendo enormes parcelas de verdad y de vida en su anciana tía, redescubriendo
su propio reflejo en el espejo de cada una de sus palabras. Y no puede evitar,
por tanto, el recordar la primera noche en que, hundida y derrotada, pero a la
contra también decidida y valiente, se situó bajo la ventana del despacho de su
tía, a los pies de una de las farolas de la plaza, con un hilillo de sangre
recorriendo la comisura de sus artificiales labios y una única lágrima recorriendo
su tortuosa piel de mujer castigada por la brutalidad del mundo en que
habitaba. Aquella noche en que la tía monja conoció a la Manuela mujer, “En un rincón del alma” se desprendía del
tocadiscos que habitaba en el despacho de la Provincial de la Orden,
desparramándose por el muro principal del convento hasta desembocar en lo más
íntimo del cuerpo quebrado por golpes y decepciones de la mujer que, desde la
penumbra de su estancia, Sor Águeda apenas podía distinguir. Sólo pudo
comprobar que, en esa madrugada, una mujer golpeada se deshacía en el asfalto
de la plaza, por lo que no dudó un instante en ir a socorrerla, recogerla de la
calle y darle cobijo en una de las amplias dependencias que servían de albergue
para peregrinos. Y fue allí, estando a solas, a la luz de un candil, cuando,
tras curar las heridas, algo en lo profundo de la mirada de Manuela hizo que
Sor Águeda reconociera en ella al niño que jugaba todas las tardes junto a los
muros del convento. Y lo supo todo entonces. Descubrió el enorme fracaso humano
que la vida había brindado a aquella golpeada anatomía forjada en quirófanos y
clandestinidad. Fue conocedora, a su vez, de una atroz realidad que la
desestabilizó en un primer momento para, buscando fuerzas y energías hasta de
lo más recóndito, lograr que su sobrina retomara el vuelo en su propia vida
hasta conseguir alcanzar una cima que, en el presente, acabaría con todo aquel
mundo de solidaridad y ayuda hacia los demás que se había forjado la anciana
junto al resto de la Orden de las Humilladas.
—Señora alcaldesa, es la hora —dice la voz de un hombre
de uniforme que entra en el vestíbulo principal, rompiendo el hechizo de pasado
que había envuelto hasta entonces a las dos mujeres.
Al tiempo que Manuela vuelve al presente, un grupo de
quince monjas, ataviadas con su hábito negro, rostro circunspecto y ojos de
nostalgia, van saliendo de los laterales del claustro en dirección de la puerta
principal, arremolinándose todas ellas junto a Sor Águeda.
—Hermana Dulce Nombre de María, ¿hizo lo que le ordené? —pregunta
la Abadesa sin desviar la mirada de los ojos de su sobrina.
No hizo falta respuesta.
En ese momento, hasta todas ellas llegaban los últimos
compases de “Contigo aprendí”, lo que
motiva que Sor Águeda esboce una sonrisa de manera tímida mientras tiende sus
manos a Manuela, quien no tarda en estrechárselas también.
—¿Dónde podré localizarte? —le pregunta su sobrina con
firmeza-
La anciana sonríe de nuevo soltándose de sus manos.
—¿Recuerdas? La cantaba Sara en “Esa mujer”. Una de las canciones que formaron parte de tu debut en
el MalvaLoca.
Manuela vuelve a mudar de pasado su semblante al tiempo
que Sor Águeda, tras mirar al resto de Hermanas del convento, sale decidida al
exterior y se deja empapar por la atmósfera que se respira en la plaza, como si
aquella bocanada de soplo vital la llenara por completo, dándole las fuerzas
necesarias para no rendirse ante la brutal evidencia del ruido de motores que
llegan hasta todos los que allí se encuentran. Y mientras las excavadoras hacen
su acto de presencia en los aledaños de la explanada, ella se instala en el
centro de la plaza ante la atenta mirada de todos, coloca los brazos en cruz, cierra
los ojos y lanza un enorme grito capaz de enmudecer a los conductores que, apagando
el motor de sus máquinas, la contemplan atónitos.
Un grito de rabia, de incomprensión, de una etapa de vida
que culminaba en aquella mañana como el telón que desciende paulatinamente al
acabar una representación teatral.
Con andares de derrota humana, como antaño, como aquella
primera noche en que llegó al convento en busca del socorro de su tía, Manuela
vuelve a meterse en el interior de su coche oficial sin más despedida que esa,
la de contemplar la angustia por el cierre del monasterio y a Sor Águeda como
centro neurálgico de tanta gente necesitada que, en ese preciso instante,
guiados por tanto tiempo de ayuda y confidencias, forman parte de un mismo
sentimiento, fundidos en un único abrazo que transmite todo lo que han vivido a
su lado. Desde Vega, la joven que había trabajado de cajera en un supermercado,
despedida injustamente, a Micaela “la
Barragana”, quien aún confía en ser la vencedora en su propio combate de
amores bajos y sentimientos de los buenos. El filósofo poeta Diosgenes también
la abraza, taladrando con su mirada el corazón de la anciana monja al tiempo
que le entrega un pedazo de papel sucio donde, con una caligrafía experimentada
por los años de mala vida, se lee: «Te he
necesitado tanto como el mundo precisa de poesía para salvarse del desastre.»
Ella les mira a todos con lágrimas en los ojos mientras
el resto de Hermanas, aguardándola en varios coches que las llevarán a nuevos
destinos, contemplan las muestras de cariño mutuo entre la anciana y las gentes
de la plaza, capaces todos ellos de haber podido contemplar la luz desde el otro lado de la luna,
como reza la canción que llega desde uno de los pisos superiores del convento,
desde el antiguo despacho de Sor Águeda, donde, hasta el final de la canción,
el viejo tocadiscos sigue su ritmo trepidante bajo el almanaque realzado con la
fotografía de una cupletista de los años treinta.
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CRÓNICA DEL AYUNTAMIENTO DE SANTOÑA
El
rapsoda Isidro R. Ayestarán consiguió remover emociones la tarde del
martes a los asistentes a su presentación. Su manera de recitar los
versos influenciada por su trayectoria experimentada en los
espectáculos de café teatro dejó a la Sala Víctor de los Ríos de la
Casa de Cultura en el más sepulcral de los silencios. Logró sin duda
trasladar a sus oyentes a las vidas de los personajes que sus poemas
retratan.
Tras ser autor y protagonista de varios espectáculos poético-teatrales con su "Cabaret de los Sueños" y ser premiado con el Primer Premio del XVI Certamen Nacional de poesía Merche Lanza, el poeta santanderino Isidro R. Ayestarán se adentra en las historias de fracaso de multitud de personajes fabulando con las circunstancias de sus vidas en un derroche de sentimientos que buscan el retorno a la inocencia infantil frente a la cruda realidad adulta.
En el transcurso de la velada, el poeta rememoró cómo su abuela conoció a Miguel Hernández. “Mi abuela era de Cartagena y en la Guerra In-Civil, como son todas las guerras, se hizo dama de la Cruz Roja como única manera de volver a ver a sus seres queridos heridos o encarcelados aunque sólo fuese una vez”, ha explicado el rapsoda. “En su deambular por todo el sur curando enfermos, conoció a un hombre al que cuidó con el cariño de una abuela. En agradecimiento este señor le escribió unos versos que ella guardó siempre hasta que en las constantes mudanzas de la familia se perdieron finalmente. No sabéis lo que es para mí saber que aquel hombre era Miguel Hernández”, ha declarado emocionado Isidro R. Ayestarán.
El poeta ha analizado la sinrazón de la guerra, la miseria de quienes tienen que vivir en la calle, la tristeza de quien no pudo alcanzar sus sueños de infancia y los anhela. Dedica el libro a la difunta Ana Diosdado que participó en uno de los relatos que lo componen y evoca melancólicamente su infancia perdida.
El Ayuntamiento hizo entrega al poeta de unos libros pertenecientes al certamen literario Santoña... La Mar e invitó al celebre rapsoda a participar en el mismo.
Tras ser autor y protagonista de varios espectáculos poético-teatrales con su "Cabaret de los Sueños" y ser premiado con el Primer Premio del XVI Certamen Nacional de poesía Merche Lanza, el poeta santanderino Isidro R. Ayestarán se adentra en las historias de fracaso de multitud de personajes fabulando con las circunstancias de sus vidas en un derroche de sentimientos que buscan el retorno a la inocencia infantil frente a la cruda realidad adulta.
En el transcurso de la velada, el poeta rememoró cómo su abuela conoció a Miguel Hernández. “Mi abuela era de Cartagena y en la Guerra In-Civil, como son todas las guerras, se hizo dama de la Cruz Roja como única manera de volver a ver a sus seres queridos heridos o encarcelados aunque sólo fuese una vez”, ha explicado el rapsoda. “En su deambular por todo el sur curando enfermos, conoció a un hombre al que cuidó con el cariño de una abuela. En agradecimiento este señor le escribió unos versos que ella guardó siempre hasta que en las constantes mudanzas de la familia se perdieron finalmente. No sabéis lo que es para mí saber que aquel hombre era Miguel Hernández”, ha declarado emocionado Isidro R. Ayestarán.
El poeta ha analizado la sinrazón de la guerra, la miseria de quienes tienen que vivir en la calle, la tristeza de quien no pudo alcanzar sus sueños de infancia y los anhela. Dedica el libro a la difunta Ana Diosdado que participó en uno de los relatos que lo componen y evoca melancólicamente su infancia perdida.
El Ayuntamiento hizo entrega al poeta de unos libros pertenecientes al certamen literario Santoña... La Mar e invitó al celebre rapsoda a participar en el mismo.
fuente: http://www.santoña.es
recital en CASA CULTURA de SANTOÑA (Cantabria)
Dentro de los actos organizados para conmemorar la Semana del Libro, la Casa de Cultura de Santoña acoge este martes la presentación de mi poemario en la Sala "Víctor de los Ríos", a las 19.30 horas.
Os espero!!!!!!
Os espero!!!!!!
recital en ATTICUS-FINCH
Jueves 14, a las 19,30 h.
Nos veremos los versos en esta coqueta librería de la calle Palma de Madrid.
Nos veremos los versos en esta coqueta librería de la calle Palma de Madrid.
ABRIL EN VERSO
Abril se presenta pletórico en cuanto a recitales con "De cuando quise acariciar el cielo con mis propias manos":
día 14 - librería ATTICUS-FINCH (Madrid)
día 19 - CASA CULTURA SANTOÑA a través de librería N. Áncora (Cantabria)
día 21 - librería LA BUENA LETRA (Gijón)
día 23 - librería HYDRIA (Salamanca)
Mis pequeñas historias en verso y mis personajes, vuelven a meterse dentro de la mochila, junto a mi muñeca de trapo, para volar alto, muy alto...
relato en el HOTEL REAL (Santander)
Este es el relato que narré ayer en el Hotel Real de Santander con motivo de la inauguración de las jornadas de Gastroletras, que se desarrollarán a lo largo del mes de abril, mes del libro. Una historia sobre un escritor en ciernes que es testigo de sorprendentes escenas:
Permítanme que les cuente una historia, a fin de cuentas
ese es el objetivo principal de hilvanar letras, aunque sea entre plato y
plato, como el evento que nos ocupa en el día de hoy, esta jornada de Gastroletras como tributo no sólo a
Galdós, sino también a Concha Espina, José María de Pereda, el Beato de
Liébana, don Miguel de Cervantes y Saavedra y el amigo Hemingway, quien aparte
de narrar muy bien diversos tipos de historias, además sabía de vida y de noche
como el que más.
Todos ellos nombres ilustres dentro del plano literario,
grandes personalidades… como las que pululaban por el Gran Hotel donde se
desarrolla la historia de la que les hablaba al principio. Un hotel como este, lleno
de alma y de vivencias donde también se dio cobijo a grandes nombres de la
Historia: realeza, burguesía, gente de la industria del cine, la alta sociedad
y la baja (que siempre hubo quien le hincó el diente a eso de acumular ceros y
apellidos en su cuenta bancaria o en su documento nacional de identidad). Estoy
seguro de que entre las cuatro paredes de ese Gran Hotel, como en este donde
nos encontramos hoy, se idearon los planos de enormes y fastuosos edificios, se
crearon las partituras de enormes epopeyas líricas, se diseñaron suntuosos
vestidos de novia para princesas de cuento y hasta se escribieron los diálogos
más famosos de aquellas viejas películas que ni el cinemascope podía ocultar su
esencia a naftalina y trucos de los de antes (de los de ahora, mejor no hablo).
E, incluso, se escribieron capítulos enteros de aquellas inolvidables obras
literarias que todos conocemos hoy día. Por sus habitaciones desfilaron todos
ellos. Compositores, actores, bailarines, cantantes, científicos, poetas
laureados, algún que otro Premio Nobel con la querida de turno… y el protagonista
de nuestra historia. Un escritor que, pese a gozar de unas vistas envidiables
desde la balconada de su suite, sufría la peor de las pesadillas para un autor:
la crisis de la página en blanco.
No importa la época en que se desarrolla la historia.
Podría haber ocurrido a finales del diecinueve como hace cinco minutos. El caso
es que ya desde por la mañana, casi al amanecer, las pelotas de papel arrugado
asfaltaban el alfombrado de la habitación; el cenicero yacía atestado de
colillas; el mueble bar había sido literalmente asaltado; todo el decorado daba
idea de un enorme caos autodestructivo. Y hasta a Lisardo, el encargado del
servicio de habitaciones, le albergaba la duda de que aquel extraño y
desquiciado huésped estuviera realmente en sus cabales, máxime cuando a primera
hora de la mañana, sin casi tiempo a golpear levemente la puerta de la
habitación con sus enguantados nudillos, un auténtico huracán de metro setenta
y tres, envuelto en una bata blanca y descalzo, salió de la habitación en
dirección a ninguna parte, a una velocidad que ningún radar pudo registrar, y
eso que doña Casilda Montenegro, Dama de Compañía de una adinerada familia de
banqueros, cotilla oficial y metomentodo por devoción, ocupaba la habitación
contigua.
Y en eso, mientras la mayoría de los huéspedes dormía
plácidamente la mañana, reposaba la noche bohemia o, en algún que otro caso,
lidiaba por disimular con toses y aspavientos determinados ruidos propios del
esfuerzo humano, la gran cristalera que daba al balcón principal, con balaustre
de mármol y demás lindezas arquitectónicas, se abrió de par en par con sonoro
estruendo enviando a los cristales labrados que la decoraban a un periplo en dirección a una lejana, muy
lejana galaxia. Y como ese silencio mortuorio que se instala previamente a una
gran catástrofe, también en ese mismo momento el reloj de la vida se detuvo
unas décimas de segundo antes de que se produjera el Gran Estallido, así, en
mayúsculas, como lo utilizaron los titulares de todos los periódicos que se
hicieron eco de semejante acontecimiento histriónico en el Gran Hotel en
aquella mañana que, ingenuamente, se la prometía tranquila y sosegada.
Un grito atroz y nada solidario con la hora que marcaba
el reloj salió del interior de nuestro protagonista para susto y cuasi infarto
de Lisardo, el encargado del servicio de habitaciones, quien había ido a la
carrera tras el desquiciado personaje de la bata blanca por si fuera necesario
el empleo de sus escasos conocimientos en pelea personal para lograr aplacar
semejante muestra de vendaval humano.
– ¿Dónde moráis, malditas arpías? – fueron las palabras
que todo el mundo entendió en un radio kilométrico que oscilaba entre Faro
Mayor, a la vuelta de la esquina del Gran Hotel, y el puerto de Tarifa - ¿Por
qué? ¿Por qué me habéis abandonado, musas del demonio?
Era tal la furia y el revoltijo consigo mismo de aquel
extraño huésped, que Lisardo, haciendo mutis por el foro, se dio la media
vuelta en busca del gerente del Gran Hotel, de los Cuerpos de Fuerza y Seguridad
del Estado, los Tres Ejércitos y de hasta don Melquiades de la Benigna Concha,
quien, pese a no ejercer profesionalmente con uniforme alguno, cuando abría la
boca para dialogar, hasta las piedras lograban entenderse entre ellas.
Y en eso, de nuevo se instaló el silencio en el balcón
principal del Gran Hotel. Nuestro protagonista, con la cabeza escondida entre
sus manos, que parecían agarrotarlo de tal manera que ni hasta lo más íntimo
podría escaparse de entre sus dedos, notó una suave brisa deslizándose por
entre la parte baja de su bata blanca. Luego, una mano se posó sobre su hombro
derecho de manera contundente.
– ¿Lo ves, querido Sancho? – dijo una voz a su espalda,
con tono grave, frío, a lo Fernán Gómez – No era el repiqueteo de un aspa de molino
de viento, sino el alarido estruendoso de un gigante en apuros.
– Déjate de milongas, Triste Figura – soltó otra voz, más
cálida y afable que la anterior – Que yo soy el último postre en esta historia
y el pestiño aún no está ni ideado por el gran chef.
Poco a poco, mientras las dos voces seguían dialogando a
dúo, nuestro escritor en apuros fue desembarazándose de su férrea máscara de
diez dedos, y lentamente, con una coreografía entre temerosa y curiosa, se dio
la media vuelta para mirar a los ojos a sus extraños interlocutores.
Pero allí, en el balcón principal, ya no había nadie. Sus
ojos, escondidos tras horas interminables ante la hoja en blanco, se abrieron
de norte a sur previo paso por el este y el oeste, pero nada. Sólo una densa
niebla ocupaba un área considerable de la balconada. Y la brisa también, que
seguía jugueteando de manera pícara con su bata blanca, bordeando casi
delictivamente la frontera entre lo permisible a los ojos de grandes y decentes
damas y la sordidez visual de un extraño personaje que, vistiendo de frac,
apareció de entre la niebla, sentado ante un enorme piano de cola mientras sus
dedos se deslizaban mágicamente por las teclas dando vida a una melodía
juguetona.
– Buenos días, caballero – le dijo sin dejar de pestañear
los dedos.
Al mismo tiempo, aparecieron varios niños vestidos con
traje marinerito de Primera Comunión, dando brincos y haciendo girar un enorme
aro adornado con banderas del arco iris, arremolinándose junto a un trío
curioso de adultos que jugaban a la comba. En un extremo, un hombre cano, de
poblados bigotes y perilla, ponía verdadero ahínco en el movimiento de su
muñeca derecha, casi a la par que su oponente al otro lado de la cuerda, una
vieja dama con pelo a lo fregona de tiras de microfibra haciendo juego con
Cayetana de Alba, quien ponía verdadero interés en ir más rápido que su
contrario.
– ¡¡Venga, Chemari!! – decía ella – Que no se diga, que
soy mayor que tú. ¡¡Más rápido!! ¡¡Arriba!! ¡¡Peñas arriba!!
El hombre, ya visiblemente fatigado tras unos segundos de
frenética actividad, cesó en su tarea y se tomó su tiempo para responderle.
– Mire usted, doña María Concepción Jesusa Basilisa, que
nuestro menester es muy distinto a este, que lo de tirar de comba para que este
otro papanatas brinque hacia lo alto, está muy lejos de nuestras tareas
literarias. Y ya sabe usted, zapatero a tus zapatos…
Y efectivamente. Sin dar crédito a lo que había delante
de sus ojos, y mientras intentaba poner orden en su bata blanca para que la
brisa no siguiera haciendo de las suyas, nuestro escritor en apuros, entre el
estupor del sueño o la pesadilla más surrealista, tenía ante sí a don José
María Pereda y a doña Concha Espina, insignes literatos donde los haya, dándole
al juego de la comba mientras en el centro de tan improbable como alocada
escena se encontraba una especie de monje ataviado con un hábito multicolor de
cuya parte trasera despuntaban dos inmensas alas negras. Con los brazos en
jarras por el cese del juego, miró directamente a los ojos al personaje de la
bata blanca y le dijo:
– Permítame que le hable a mi manera, oiga, pero mi
lengua y mi atavío no son de esta época, que soy docto y erudito desde hace
siglos, que mi obra está muy por encima de la de muchos premiados con el
Planeta y el Nadal, y que he sido secuestrado por estos dos pelmazos que pugnan
por el mejor monumento en unos jardines destartalados para hacerle saber que
así, como usted se comporta, lo único que logrará es abonar páginas en blanco
sin ninguna letra en relieve con que adornar las mentes ávidas de historias y
personajes. He dicho.
Y así, después de que doña Concha Espina le saludara con
una sonrisa de oreja a oreja a la par que don José María Pereda le hacía un
gesto de ánimo con la mano que le quedaba libre, continuaron con el juego de la
comba mientras el monje, en uno de los saltos, alzó el vuelo para volar alto,
muy alto, muy alto…
– Son como niños – dijo otra voz a su espalda mientras
los de Primera Comunión jugueteaban por el jardín del Gran Hotel.
Al fondo, bajo el ramaje de un frondoso árbol, un hombre
de rostro amable le saludaba con la mano mientras le señalaba al grupo de
niños.
– Y se lo digo yo, que aparte de hombre de letras también
fui diputado en Cortes – prosiguió otro que no era sino el mismísimo don Benito
Pérez Galdós – ¡¡Marianito!! ¡¡Pedrito!! ¡¡Pablito!! ¡¡Albertito!! No molestéis
a este señor y comportaros como debéis. ¡¡Que sois el absurdo del mundo entero,
caramba!!
Los críos, que vistos más de cerca no lo eran tanto pese
a los pantalones cortos que llevaban, se alejaron jardín abajo, dejando atrás a
los del juego de la comba, contrariados por el vuelo del monje y absortos, en
ese preciso instante, en una trifulca que se originaba pocos metros más allá,
donde dos mujeres se enzarzaban en una bronca verbal que acabó con tirones de
pelos, arañazos, bofetadas y demás lindezas nada propias del género que
poseían.
– Y estas dos no aprenden – dijo Galdós levantándose de
su asiento con aire circunspecto – En mala hora las hice protagonistas de nada.
Y tal y como apareció, desapareció.
Y de entre la densa niebla que volvió a hacer acto de
presencia, nuestro perplejo hombre, que no se recuperaba de una cuando se
encontraba con otra, se vio rodeado por una morena y una rubia, hijas del
pueblo de Madrid, la una como metáfora de corral y gallinero, la otra, chica de
prendas excelentes, modestita, delicada, cariñosa y bonita. Las dos, en pleno
combate a la usanza de las pescadoras más afamadas de nuestro Puertochico
santanderino.
Por lo que pudo escuchar de las palabras de la una hacia
la otra, pues eran más las onomatopeyas de los golpes que los vocablos
esculpidos en sus carnosos labios, se disputaban el orden de aparición en un
menú gastronómico como homenaje al mundo de las letras. La morena tenía las de
ganar, pues aparentaba más de pueblo llano que señorita de postín, como la
rubia, pese a que ésta gritaba más histriónicamente que la morena, pues de
histerismos sabía más que de palabras, palabrotas y demás ciclones verbales que
la morena.
– Yo apuesto por la de pelo oscuro – dijo una voz a su
espalda – Y tiene razón en lo que dice. Como entrante caliente no tiene precio,
aunque solo sea por el temperamento que se gasta la tía.
Un hombre de amplia sonrisa, barba cana, jersey de cuello
alto, copa en mano y cigarrillo en la comisura de los labios, parecía disfrutar
de la pelea.
– Por cierto, un consejo – le dijo mirándole a los ojos
una vez que nuestro atónito personaje se giró para ver quien le hablaba en ese
momento de apasionante combate femenino – Ya que busca hasta la desesperación
el que las musas hagan acto de presencia en su insistente devenir por el mundo
de las letras, intente que cuando aparezcan, si lo hacen, ya que muchas de
ellas se jactan de ser disolutas y atolondradas, le pillen a usted trabajando.
– ¿Cómo dice usted? – acertó a decir el escritor en
ciernes.
El hombre de la barba blanca soltó una carcajada, volvió
la vista hacia las dos mujeres que se peleaban de lo lindo, ahora con sus
respectivos mantones, y tras gritar un “ánimo, Fortunata, que tú eres de las
mías”, volvió a mirarle a los ojos.
– Así da gusto pasearse por esta España que tanto añoro.
Y ahora, caballero – le dijo mirando su reloj de pulsera – me tengo que dar un
garbeo por la plaza de toros, que la ginebra por estos lares es escasa, que en
esta historia no soy más que el prepostre y que tengo a Ava Gardner esperándome
fuera para irnos a correr una juerga como mandan los cánones. Ahora le toca a
usted seguir con la historia. Palabra de Pulitzer y Nobel.
Y dicho esto, chasqueó fuertemente los dedos.
La suite del Gran Hotel amanecía con el día. Los primeros
rayos de sol se filtraban por la persiana del ventanal. Al fondo, la cama
estaba como cuando entró por primera vez, perfectamente hecha, con su colcha a
juego con el color de la pared y los cojines que la adornaban.
Y él se encontraba en la misma postura que desde hacía
horas, esculpiendo letras, como él llamaba a su ejercicio constante y
disciplinado ante un buen montón de folios en blanco.
Se oyeron unos leves toques en la puerta de la suite, y
tras la orden, Lisardo, el encargado del servicio de habitaciones, entró de
manera silenciosa y depositó un papel sobre la mesa donde él se encontraba
escribiendo.
– La minuta del día, señor – le dijo.
Luego, abandonó la habitación.
Tras unos minutos, depositó sobre la mesa el bolígrafo de
oro que le había regalado su madre cuando cumplió los dieciocho años, contempló
lo que había escrito, esbozó una leve sonrisa y, satisfecho, se recostó sobre
el respaldo de la silla. Dirigió la mirada hacia el amanecer y tras permanecer pensativo
unos segundos, desvió su atención hacia la minuta que le habían dejado sobre la
mesa.
Sonrió divertido por la ocurrencia de denominar a cada
plato con el nombre de un escritor o un personaje literario, y decidido, se
dirigió hacia el cuarto de baño para comenzar el día con una buena ducha y una
buena comida.
Tras una buena historia labrada con tesón sobre una hoja
en blanco, le quedaba la satisfacción de poder decirse a sí mismo:
– Hoy va a ser un gran día.
Felices letras, y buen provecho
(c) Isidro R. Ayestarán, 2016
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